Hay un momento difícil en la práctica médica que llega cuando el conocimiento ha ofrecido cuanto podía, el tratamiento alcanza sus límites y la persona continúa sufriendo. Este es un punto en el que la indagación clínica comienza a transformarse. A la pregunta por la enfermedad y las posibilidades de intervención se añaden otras, quizás más existenciales: ¿Quién es esa persona? ¿Qué es lo que ha perdido? ¿Qué forma de presencia o acompañamiento necesita?
El sufrimiento humano: un enfoque hacia la formación y el quehacer médico, publicado por el Fondo Editorial de la Universidad CES, se ocupa de ese momento. Sus autores, Carlos Alberto Gallo Orjuela, Cristina Posada Giraldo y Mónica María Massaro Ceballos, con quienes tuve la oportunidad de conversar durante el lanzamiento de la obra en la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín 2026, reúnen los aportes de la medicina del dolor, los cuidados paliativos, la bioética y la educación médica para pensar una experiencia que acompaña a todo ser humano y cobra una intensidad particular durante la enfermedad.
El libro se abre con un recorrido por las formas en que la filosofía y la medicina han comprendido el sufrimiento. La amplitud de esta revisión permite reconocer que el concepto posee una historia y que cada época lo ha interpretado desde sus propias preguntas. A través de distintas tradiciones, la obra reconstruye el esfuerzo humano por dar sentido a aquello que hiere, altera el curso de la existencia y confronta a la persona con su vulnerabilidad.
Una de las distinciones que orienta el libro se encuentra en la relación entre el dolor y el sufrimiento. Ambos pueden aparecer unidos, aunque no designan la misma experiencia. El dolor suele remitir al cuerpo y puede localizarse, evaluarse y tratarse. El sufrimiento alcanza la comprensión que una persona tiene de sí misma. Compromete su historia, transforma sus relaciones y puede convertir el futuro en una fuente de temor. Esta distinción no establece una frontera rígida. En el libro, los autores, reconocen los vínculos entre ambas experiencias y muestran que es posible aliviar el dolor mientras la persona continúa sufriendo. También existe un sufrimiento profundo que no depende de una lesión física identificable.
Reconocer esta diferencia cambia la mirada clínica. Cuando el médico atiende el dolor, busca sus causas y el tratamiento adecuado. Cuando se acerca al sufrimiento, necesita escuchar la biografía de quien tiene delante. La enfermedad aparece entonces dentro de una vida sostenida por los afectos, los vínculos y los proyectos. El paciente recupera su condición de interlocutor y su relato pasa a formar parte de aquello que el médico necesita comprender.
Este desplazamiento conduce hacia el núcleo ético de la obra. El encuentro con la persona que sufre exige conocimientos y también reclama unas disposiciones del carácter. Entre las virtudes estudiadas, la compasión ocupa un lugar central. Compadecer no equivale a contemplar la desgracia ajena desde la distancia. Supone dejarse interpelar por el sufrimiento del otro y disponerse a responder. La humildad completa este movimiento porque ayuda al médico a reconocer los límites de su saber y de su capacidad de intervención. Hay situaciones en las que la curación ya no es posible y el acompañamiento se convierte en una forma decisiva del cuidado.
De esta reflexión surge una distinción fecunda entre el buen médico y el médico bueno. El buen médico posee los conocimientos y las habilidades necesarias para tomar decisiones clínicas acertadas. El médico bueno incorpora a esa competencia una forma humana de relacionarse con el paciente. Sabe escuchar, explica con claridad y reconoce la singularidad de quien atraviesa la enfermedad. La ciencia conserva aquí todo su valor. La pregunta consiste en cómo ejercerla sin reducir a la persona a un diagnóstico, un caso o una cama ocupada.
En el texto, se abre, también, una cuestión que supera la responsabilidad individual del profesional. ¿Puede cultivarse la compasión en un sistema de salud organizado alrededor de la prisa y la fragmentación del paciente? Las virtudes requieren un trabajo personal, aunque su ejercicio depende de unas condiciones institucionales que permitan escuchar y acompañar. Resulta difícil pedir una atención cercana cuando se reduce el tiempo del encuentro y crece la carga administrativa. La humanización de la medicina depende del carácter del profesional y de las estructuras dentro de las cuales realiza su labor.
Por esta razón, la parte final del libro dirige la atención hacia la formación médica. Aprender a acompañar exige más que añadir una asignatura al currículo. Los estudiantes descubren cómo reconocer el sufrimiento al observar a sus maestros, escuchar las narraciones de los pacientes y reflexionar sobre lo que viven durante la práctica. La formación humanista educa la mirada y permite que la eficacia clínica conserve su relación con el rostro concreto de la persona.
El sufrimiento humano recuerda que la medicina alcanza una de sus expresiones más hondas cuando sabe permanecer. Allí donde la curación encuentra su límite, el cuidado conserva su sentido. Una escucha atenta y una presencia que no abandona pueden devolverle al paciente la certeza de que sigue siendo reconocido. Acompañar prolonga la medicina hasta el lugar donde ya no puede eliminar el sufrimiento, aunque todavía puede evitar que una persona lo atraviese en soledad.
